martes 18 de septiembre de 2007

Killer Dumas


En nuestro país, la gastronomía es una actividad en continuo desarrollo, tanto en calidad como en cantidad. La gente está empezando a valorar lo que es el buen comer, en contraste con el poco tiempo que tiene el argentino para almorzar en los días laborales.
Si tenemos que hablar de gastronomía, tenemos que hablar de “el gato” Dumas, conocido por ser el primer cocinero del país en tener su programa televisivo, que impulsó cierto fanatismo hacia dicha área.
Asimismo es curioso pensar que la locura esta presente en todas las ramas del conocimiento y de las clases sociales. Las situaciones fuerzan a uno a actuar, y más si uno vive en Argentina.


Fumaba su habanito de café antes de acostarse, observando la pared color crema de su sala de estar. Pensaba, pitaba y volvía a pensar, su carrera estaba por dar un giro al estar considerando el retiro de gran parte de su actividad profesional, que es el buen comer.
Iba a cumplir 65 años, era hora de dejar el programa televisivo que él mismo conducía en un canal famoso de aire y también dejaría de dar recetas a una revista famosa de un gran diario argentino. Estas dos actividades le demandaban tiempo y energía que él mismo se percataba de ya no tener. Se imaginaba como iba continuar su vida: de retiro en una isla paradisíaca del Caribe, donde se aseguró un pequeño trabajo en una revista local dando recetas.
Todo esto lo pensaba mientras terminaba su habanito de café, que ya había inundado la sala de estar de humo, haciendo poco visible la pared color crema.
Pensó que por primera vez en su vida nada le impedía cumplir con su plan, sus hijos ya no dependían de el, es más, se habían convertido en personas muy independientes y la comunicación con ellos era cada vez menor, lo cual no le molestaba al ver que ahora poseía una mayor independencia en su vida.
Su ultimo programa televisivo estaba siendo anunciado por todos los medios de comunicación, iba ser un evento importante dentro del área gastronómica, por lo tanto sentía que tenía que hacer una gran receta ese día, algo único y nuevo, un gran plato para un gran final. El problema era que aún no había decidido qué hacer. Todavía tenía un poco de tiempo, 5 días para encontrar esa receta mágica. Era domingo a la medianoche y su ultimo programa era el viernes.
Al razonar que contaba con todo ese tiempo, se relajó, le dio la ultima pitada al habanito, lo apagó en su cenicero de bronce y se fue a acostar.
Al otro día lo esperaban dos notas con importantes medios y su programa televisivo, que ya estaba organizado de antemano.
Se levantó temprano y salió en su Mercedes-Benz hacia el punto de encuentro para realizar lo pactado.
Las notas lo exasperaban, siempre las mismas preguntas le hacían pensar que desperdiciaba su tiempo, sin embargo, las realizó con su mejor cara.
Al termino de la segunda y ultima nota, que casualmente fue efectuada en el mismo estudio televisivo donde trabajaba, notó que un hombre lo observaba a lo lejos. Éste tenía un aspecto raro, vestía un sobretodo marrón, una camisa blanca y corbata azul, zapatos de gran tamaño con relación a su cuerpo, bigotes gruesos de color castaño y escasa cabellera.
Finalmente este hombre se le acercó, le pidió hablar un minuto, se presentó como Alberto Corotegui, agente de investigación de la AFIP. Esta sigla retumbó en los oídos de “el gato”, sabía que temas venía a tratar, hace 5 años evadió unos impuestos para usar el dinero en un viaje a Francia.
El Sr. Corotegui le preguntó:
-¿Podemos juntarnos a hablar unos temas legales, si es posible dentro de los próximos 4 días?.

Dumas empezó a sudar, no sabía como escapar a la situación.
-Lo siento, pero tengo programas que realizar y no es posible en este momento.- contestó.
-Creo que va a tener que posponer su calendario, porque el tema a tratar es muy importante para usted.-retrucó el agente, hablando con un tono sutil aunque peligroso.

“El gato”, intentando imaginarse que el tema de hace 5 años no era el eje central en esta cita, se calmó y dijo:
-Muy bien, si es de tanta urgencia como usted dice, entonces lo espero el jueves a las 20 hs en mi casa.
-Hasta entonces Sr. Dumas, no lo molesto más.-finalizó la charla el Sr. Corotegui.

“El gato” se despidió y decidió bloquear cualquier pensamiento relacionado con la AFIP por el resto del día, tenia muchas cosas que hacer y las tenía que hacer bien.
La jornada laboral se desarrolló sin preocupación. Al llegar a su casa solo pensó en cual podía ser la gran receta mágica tan anhelada, pero por las energías que le demandó tan escabroso día, se acostó mas temprano de lo normal.
Al levantarse en la mañana, determinó las cosas a realizar, tenía que conducir su programa televisivo habitual, sacar los pasajes para su preciada isla del Caribe y finalmente cenar con sus hijos a modo de despedida.
Salió en su Mercedes-Benz como normalmente hace, pero se vió sorprendido por algo, un auto estacionado al lado de su casa con una cara conocida al volante. Al ponerse los anteojos reconoció al Sr. Corotegui, que lo miraba intensamente. Rápidamente apartó su mirada y se hizo el distraído, como si no hubiese notado su presencia. Siguió su curso hacia el estudio de televisión a una velocidad mayor a la habitual.
En el camino se le cruzaron preguntas por su cabeza, ¿qué hacía ahí el Sr. Corotegui? ¿Lo estaba siguiendo?. Estas preguntas hicieron que “el gato” tomara en serio la cita con el agente.
Realizó su programa con una tensión evidente, los técnicos lo tomaron como nerviosismo por el fin de su ciclo.
Estaba realmente preocupado, salió disparado del estudio para ir al aeropuerto a retirar el tan preciado pasaje, determinó sacarlo para el sábado. Al obtenerlo se sintió un poco más relajado, “cualquier cosa que sea, no creo que pueda impedir que viaje el sábado” se dijo a sí mismo, haciéndose sentir mas reconfortado.
Cuando estaba por salir en su coche del aeropuerto volvió a ver a su perseguidor, el Sr. Corotegui, que lo saludó con un tibio aleteo de la mano. “El gato” respondió el saludo pretendiendo estar tranquilo, pero en verdad se encontraba alarmado, el agente sabía de los pasajes de avión y ahora contaba con poco tiempo hasta el encuentro.
Esa misma noche cenó con sus hijos en su casa. Preparó un Pato a la naranja, que influido por los nervios del día, no le salió del todo bien aunque se pudo comer. Sus hijos, al notar su evidente tensión, acudieron al humor de esta paradoja: “¿así que el mejor cocinero de Argentina?”, “Parece que el gato no pudo con el pato” fueron las frases que tiñeron la noche de una cálida y reconfortante despedida.
Finalmente se fue acostar, antes se tomó una botella de vino de “Don Valiente lacrado”, que lo sedó para la cama.
Al otro día se levantó un poco tarde, con una resaca evidente, de mal humor y con muchas cosas por hacer ya que todavía no había preparado su ultimo programa y encima el Sr. Corotegui lo acechaba constantemente. Todo esto le producía acidez.
Tuvo que salir sin bañarse por lo que apestaba a vino. En el estudio se le alejaban todos por su mal humor y olor. Otra vez asumieron que era nerviosismo del ultimo programa.
Al término de su ciclo televisivo, salió disparado para el Instituto de Gastronomía Argentina, donde debía dar una charla.
Conversó con los alumnos con la mejor cara que tenía, salió nuevamente en su coche y llamó desde su celular a los productores del programa televisivo para decidir la comida del último show mientras esperaba que el semáforo cambie de rojo a verde.
-Terminemos con esto y hagamos un Chivito Patagónico- dijo “el gato”
-Bueno, quedate tranquilo que yo lo arreglo- contestó el productor tranquilizándolo.

Ya no le importaba demasiado como terminaría su programa, quería irse, vivir tranquilo, por primera vez en su vida no quería que nadie lo prive de tan calmo destino.
Al cortar la charla con su productor, su auto fue impulsado por otro desde atrás, involuntariamente se golpeó contra el volante, al levantarse pudo observar por su espejo retrovisor que su nariz sangraba. Se convirtió en odio mismo.
Bajó del auto y vio lo sucedido: su querido Mercedes-Benz, estaba destrozado por detrás, chocado por un Falcon Gris.
Avistó al culpable del hecho sentado en el interior del auto, se le acercó y lo zamarreó de un lado al otro.
No era el mejor día del “gato”, es más, todavía no había terminado, ya que apareció de la nada un bici policía y lo arrestó por producir conflictos en la vía publica. Hay pocas cosas más denigrantes que ser arrestado por un bici policía.
Todo el día fue demorado en la comisaría, primero para atestiguar del choque, segundo para atestiguar por la denuncia del autor del hecho anterior por violencia indebida.
El enojo había invadido por completo al “gato”, después de esto era bastante obvio que iba recordar ese día como el peor de todos ellos en su vida.
Fue retenido en la comisaría hasta las 4 de la mañana, encima el acoso de los periodistas de Crónica TV hizo más insoportable su detención.
Llegó a su casa en taxi a las 5 de la madrugada debido a las vueltas que dio dicho transporte. Se acostó inmediatamente, necesitaba descansar, cortar ese día y amanecer en otro nuevo.
Pero, para empeorar aún mas las cosas, no pudo dormir plenamente por el silbido que su propia nariz realizaba, producto del choque.
Por lo tanto, se despertó con un humor único, no había estado emocional comparable al de ese día, era una mezcla de ira con un pintoresco toque de ironía. Se levantó, se baño, desayunó, todo con una actitud robótica, casi por ósmosis. Tomó un taxi hacia el estudio (su auto estaba en el taller, llevado por uno de sus hijos mientras él permanecía en la comisaría). El conductor, al ver semejante cara intentó no perturbarlo, se notaba que no quería charlar, no era un bello día para él.
No pudo aparentar su estado frente a cámaras, todo lo hacía con una seriedad estática, obviamente, sus compañeros de producción apelaron al ya exagerado nerviosismo de su último programa.
En ese momento su mente se podía representar como un castillo de cartas, si sucedía algo más, todo se derrumbaría, la cordura desaparecería y quien sabe qué saldría a la luz.
Fue a su casa, tranquilamente revisó la receta para el último programa, armó gran parte de las valijas, preparó todo para el gran final, se sentó a fumar su habanito de café mientras escuchaba música clásica: Beethoven, 5ta sinfonía, 1er movimiento.
La locura comenzó a disiparse, se relajó, cerró sus ojos y dejó que los sonidos lo inundaran, le encantaba hacer eso, le permitía desaparecer, sólo la música reinaba, acompañada de sentimientos que se entrelazaban formando una exquisita mixtura difícil de definir con meras palabras.
El glorioso momento se desvaneció al escuchar el timbre, observó la hora y eran las 20 hs, era el momento de enfrentar la situación, el Sr. Corotegui esperaba.
Lo hace pasar, se sienta en el sillón preferido del “gato” y le pide algo de tomar, el accedió sin problemas, un brandy era perfecto para la ocasión. Entonces se sentó:
-¿De que asunto me tenía que hablar, Sr. Corotegui?
-Noté que estuvo en el aeropuerto el otro día, ¿se podría saber que hacía ahí?-contestó sin contestar el agente.
-Fui a despedir a un colega que se iba para Francia- Replicó con soltura a pesar de la tension del momento.
En ese instante sonó el teléfono, “el gato” se disculpó. Era su productor, diciendo que el chivito era un plato imposible de realizar ya que había huelga de transportistas en casi toda la Patagonia, por lo que debía decidir que hacer esa misma noche. Empezó a sentir pánico, tenía ganas de reírse histéricamente, pero por alguna u otra razón no lo hizo.
Colgó el teléfono sin contestar, se sentó y siguió con la conversación:
-Y cuénteme, ¿qué va hacer de su vida ahora que tomó la decisión de retirarse de la actividad profesional?- Preguntó con descaro el Sr. Corotegui
“El gato” empezó a imaginar que ésta conversación resultaba ser uno de los tantos reportajes que realizaba periódicamente. Se calmó, puso buena cara, ya que como toda entrevista debía acabar sin consecuencias evidentes.
-Todavía no tome la decisión, creo que voy a hacer un poco de vida familiar.
-Que raro, el otro día interrogué a su hijo cuando pasó por la comisaría para buscar su auto y me dijo que usted iba a retirarse a una isla paradisíaca del Caribe, con lo cual usted no está diciendo la verdad y creo que los dos sabemos a qué se debe esa mentira, debería darse por vencido, las razones por la cual estoy aquí son muy evidentes- concluyó el Sr. Corotegui con una sonrisa.
-¿Y cuales son estas razones?-contestó “el gato” pretendiendo no haber captado el mensaje.
-¡Déjese de hacer el boludo, Sr. Dumas!, usted evadió impuestos por una suma muy grande, así que me va a tener que acompañar, claramente no va a poder irse a ningún lado, por lo menos hasta que termine todo el proceso judicial, el cual sabemos que no se caracteriza por su velocidad- remató con una carcajada gozadora al aire.
-Ahora, antes de llevármelo, me podría preparar un platito como usted sabe, siempre quise comer algo lujoso y rico- concluyó el agente, con una petición que apelaba a la orden.
En la mente del “gato” la coherencia se desmoronó como un castillo de cartas ante una leve ventisca, bestias oscuras de chocolate y crema pastelera empezaron a ocupar su lugar.
-Como no, le voy a dar el gusto, voy a la cocina, si quiere ponga música, siéntase como en su casa- contestó con una amabilidad que asusta.
-Bueno, lo espero.
el Sr. Corotegui apoyó sus pies en la silla contigua. “El gato” prendió su equipo de música, se podía escuchar el mismo tema de Beethoven, aunque esta vez sonaba diferente, sentía que la canción estaba rodeada de odio, incitaba a la ira y ésta lo haría sentir completo, realizado.
Cerró los ojos, fue casi flotando hasta la cocina, agarró el cuchillo más grande que tenía, sacó la afiladora de un cajón y se dispuso a afilarlo al ritmo de la música. Sigilosamente se acercó por detrás del agente, visualizó las partes vitales para una muerte segura, la aorta fue la opción elegida, finalmente actuó. El grito del Sr. Corotegui fue opacado por la intensidad del tema musical, como si Beethoven fuera cómplice voluntario del crimen.
La sangre empezó a manchar toda la alfombra color cobre y también el sillón. El Sr. Corotegui intentaba parar la sangre con sus manos, pero era imposible, se dio vuelta, para ver la cara de su asesino, “el gato” parecía muy feliz con lo hecho, Beethoven tenía razón, se sintió completo. Para concluir su acto, clavo el cuchillo en el corazón del agente, que murió segundos después.
La sonrisa persistía en la cara del “gato”, que arrastró el cuerpo hacia la cocina, para finalmente depositarlo sobre la mesada.
Limpió la alfombra y el sillón y toda mancha habida y por haber en el ambiente. Después le sacó la ropa y la depositó dentro de una bolsa de consorcio negra. Trajo su máquina de afeitar del baño, su cuchillo eléctrico de la alacena y empezó el fin de su obra.

Hubo récord de rating, todas las amas de casa de Buenos Aires lo vieron, querían ser sorprendidas por una última receta magistral y “el gato” no las decepcionó, preparó lo que él llamó “Chivito patagónico a la Jeanne Granier”, acompañado con un soufflé de sesos, plato exquisito pero muy difícil de realizar, sobre todo si el chivito nunca llegó.
No se volvió a saber del “gato” Dumas, que al día siguiente desapareció por completo. El tiempo va convirtiéndolo en mito, en leyenda, en el hombre que hizo lo necesario para cumplir su sueño de una vez por todas.